El entrelazamiento de Rusia y Ucrania: una visión de conjunto

En la “tercera guerra mundial en pedazos”, ¿puede Europa explotar su bagaje histórico y cultural para devolver el centro de gravedad al Mediterráneo donde Italia actuaría como hub logístico y energético proyectado hacia África y Oriente?

 

Contrariamente a las predicciones de muchos analistas, la guerra en Ucrania estalló con toda su vehemencia. No un conflicto librado en el metaverso -como alguien había previsto e imaginado los nuevos conflictos- sino una guerra de orden convencional librada sobre el terreno, donde el papel de las tecnologías funciona sin duda como útil e indispensable herramienta de apoyo sin por ello modificar el campo tradicional acción.

Habiendo establecido que las amenazas convencionales siguen siendo más relevantes que nunca, es interesante analizar el escenario en el que ha madurado esta situación y cuáles podrían ser las repercusiones tanto en términos de nuevos equilibrios globales como de intereses nacionales.

Ucrania, en efecto, por la situación geográfica que la sitúa en el centro de las dos masas continentales, europea y asiática, y por la composición étnica y cultural que la distingue, constituye la clásica "línea de falla" poblada por pueblos que, a partir de una génesis común, a saber, la de las tribus eslavas orientales reunidas bajo la Rus de Kiev, se distinguieron posteriormente en varios componentes también divididos bajo el perfil confesional.

Tras la caída del bloque soviético, el papel del país se volvió crucial desde un punto de vista estratégico ya que, como bien había destacado el estratega estadounidense Zbigniew Brzezinski, representa uno de los "pivotes" sobre los que construir una base para desplazar el centro de gravedad "occidental" hacia el este y así expandir la influencia estadounidense dentro de la masa euroasiática. También porque, apunta Brzezinski, “sin Ucrania, Rusia deja de ser un imperio, pero con una Ucrania subordinada y por tanto subordinada, Rusia se convierte automáticamente en un imperio”. Para evitar este escenario, el campo occidental liderado por EE. UU. trabajó para alentar la expansión del este de la OTAN, haciendo que Ucrania imaginara la membresía, y para avivar las llamas del descontento interno en algunos países clave, incluida precisamente la 'Ucrania donde estallaron las protestas de Euromaidan en 2014 con los resultados conocidos. [img_dx=/media/Mappa Ucraina .png]Esta situación fomentó esa percepción de cerco que ya se cernía dentro de la Federación Rusa que, mientras tanto, había permanecido completamente aislada. En el espacio de unos pocos años hubo un aumento masivo de países que se unieron a la OTAN y de armamentos desplegados en la frontera con Rusia. A esto le siguió la anexión rusa de Crimea, el avivamiento del conflicto en la región de Donbass entre los separatistas prorrusos y las fuerzas ucranianas, y la imposición de sanciones económicas que ofrecieron un mayor incentivo a la Federación Rusa para mirar hacia el este y abrazar a China.

El entrelazamiento de estas situaciones, unido al fracaso de cierta diplomacia que lo ha centrado todo en la doble contención de China y Rusia, ha llevado así al estallido del conflicto que ha estallado precisamente en esa "línea de falla", que es precisamente Ucrania, donde rusos, polacos, turcos y estadounidenses extienden sus intereses y que, sin duda, representa la pieza más consistente de lo que el Papa Bergoglio ha definido como “la tercera guerra mundial en pedazos”. Ciertamente de guerras de este tipo, tan devastadoras y sangrientas donde incluso se ha evocado la amenaza nuclear, es difícil volver atrás y restablecer el equilibrio anterior. Sólo saldrá a través de una clara reformulación de los mismos. Será necesario, en su momento, hacer concesiones para evitar que en ese punto se desencadenen hasta el amargo mecanismo de la guerra, eso sí, con resultados impredecibles.

Hasta la fecha, entre los primeros e inmediatos efectos producidos por el conflicto terrestre en Ucrania se encuentran la recompactación del campo occidental con la reacción sancionadora contra Moscú llevada a nivel europeo, el envío masivo de armamento a los combatientes ucranianos, la suspensión de el gasoducto north stream 2 del lado alemán, así como la inversión del lado alemán del 2% de su PIB en defensa. Dentro de este escenario, en el que Putin con el vuelco del tablero de ajedrez ha generado una clara ruptura entre el campo oriental y occidental, los países europeos son los que más corren el riesgo de ser aplastados dentro de esta lógica de grandes bloques enfrentados, con la posible consecuencia, ya en marcha, de la desvinculación de la economía europea de la rusa, con importantes impactos en las empresas y organizaciones. De hecho, no es casualidad que Macron y Scholz hayan hecho todo lo posible hasta el final para evitar esta ruptura que ciertamente representa un problema importante para nuestras empresas.

La esperanza es que prevalezca el sentido común entre las partes y que, como argumentó Kissinger en un profético editorial de 2014 publicado en el Washington Post, procederemos con una Ucrania neutral que pueda actuar como puente entre el este y el oeste. En esta coyuntura, Europa, por su bagaje histórico, cultural, valorativo y científico-tecnológico, que la ha convertido en cuna de la civilización, tiene una personalidad de profundidad y flechas en su arco que podría utilizar tanto en la mediación entre los dos contendientes y para hacer frente a esta nueva crisis mundial, que viene justo después de la pandemia. Sin embargo, con respecto a este segundo aspecto, Europa deberá aprovechar la oportunidad para avanzar rápidamente a través de la inauguración de un nuevo rumbo que tenga como prioridades absolutas la culminación del proceso de unificación, a través de la implementación de una política de defensa común concreta y su propia autonomía energética, elementos que pueden garantizarle una mayor autonomía estratégica y un amplio margen de maniobra frente a los grandes polos de poder -Estados Unidos, Rusia y China- presentes en el escenario global. Dentro de este proceso, Italia podría jugar un papel decisivo en el Mediterráneo actuando como hub logístico y energético proyectado hacia África y Oriente, gracias a su ubicación que la sitúa con la cabeza en Europa y los pies en esta cuenca estratégica. Esto representaría una nueva vida para nuestras empresas, mientras tanto obligadas a “apretar los dientes”, y para nuestra economía a la que se le facilitaría el intercambio y el diálogo con nuevos mercados.

 

Filippo Romeo, Think Tank Secursat "Riesgos y Escenarios"

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